su vecino estaba loco, y así, se dio toda la priesa por llegar al lugar para librarse del fastidio que la perorata de don Quijote le causaba, el cual, para colmo, le dijo: —Sépase vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Xarifa que he nombrado es agora la hermosa Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos fechos de caballerías que se han visto, se vieren ni se verán en el mundo.
A esto respondió el labrador: —¡Señor! ¡Pecador de mí!, ¿no ve vuestra merced cómo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino, y vuestra merced no es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijada?
—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia y aun todos los Nueve de la Fama, a causa de que todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajan las mías.
Con esta plática y otras semejantes llegaron al lugar cuando el día comenzaba a anochecer; pero el labrador aguardó a que fuese un poco más tarde, porque no viesen al hidalgo tan mal caballero. Llegada que le pareció la hora, entró en el pueblo y fue a la casa de don Quixote, la cual halló alborotada en grande manera, y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quixote, y su ama estaba diziendo a grandes bozes: —¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez —que así se llamava el cura—, de la desgracia de mi señor? ¡Tres días ha que no paresçe él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lança, ni las armas! > ¡Desdichada de mí! Que bien tengo entendido, y es tan verdat como aver de morir, que estos malditos libros de caballerías que él tiene, y tiene por costumbre de leer tan