El resultado fue que el infeliz jardinero fue ahorcado por su amo, y los prisioneros se los quedó el dey, quien, sin embargo, devolvió después a la mayoría a sus amos, pero retuvo a Cervantes, pagándole a Dali Mami quinientos escudos por él.
Sintió, sin duda, que un hombre de tales recursos, energía y osadía era una pieza demasiado peligrosa como para dejarla en manos privadas; y mandó encadenarlo fuertemente y lo recluyó en su propia prisión.
Si pensaba que por estos medios podía quebrantar el espíritu o socavar la resolución de su prisionero, pronto se desengañó, pues Cervantes se ingenió al poco tiempo para enviar una carta al gobernador de Orán, rogándole que le enviara a alguien de confianza para facilitarle a él y a otros tres caballeros, compañeros suyos de cautiverio, la huida; con la evidente intención de renovar su primer intento con un guía más fiable.
Por desgracia, el moro que llevaba la carta fue detenido a las afueras de Orán y, habiéndosele hallado la carta encima, fue enviado de vuelta a Argel, donde, por orden del dey, fue empalado sin demora como advertencia para los demás, mientras que Cervantes fue condenado a recibir dos mil palos, un número que muy probablemente le habría arrebatado al mundo a Don Quijote, de no haber mediado en su favor algunas personas cuyas identidades ignoramos.
Después de esto, al parecer, lo mantuvieron en un encierro todavía más riguroso que antes, pues pasaron casi dos años antes de que hiciera otro intento. Esta vez su plan consistía en comprar, con la ayuda de un renegado español y dos mercaderes valencianos residentes en Argel, un bajel