con todo su llanto y lamentaciones, no dejaba de arrear a su Rucio para apartarse del carro lo más que podía. Viendo el melonero que los huidos estaban ya lejos, tornó a suplicar y a apercibir a don Quijote como antes; mas él respondió que no quería más advertimientos ni ruegos, que todo sería en vano, y que se diese prisa.
Durante la demora que hubo en abrir el mayoral la primera jaula, estuvo don Quijote pensando si sería bien hacer la batalla a pie y no a caballo, y al fin se determinó a pelear a pie, temiendo que Rocinante tuviese miedo a la vista de los leones; y así, dio del caballo al suelo, arrojó su lanza, embrazó su adarga y, desenvainada la espada, con maravillosa intrepididad y valiente ánimo se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón y a su señora Dulcinea.
Es de notar que, al llegar a este paso, el autor de esta verdadera historia prorrumpe en exclamaciones.
«¡Oh, gallardo Don Quijote, de valiente espíritu sobre todo encarecimiento! ¡Espejo en que se deben mirar todos los valientes del mundo! ¡Nuevo y segundo don Manuel de León, que fue la gloria y honor de la española caballería! ¿Con qué palabras contaré tan espantosa hazaña, con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, qué alabanzas hay que no corran por tu boca, aunque sean hiperbólicas sobre todas las hipérboles? Solo, a pie, intrépido, alto de alma y con sola una espada, y no de las perrillos toledanas, y con un escudo no de acero bruñido, estabas aguardando y esperando a los dos más fieros leones que jamás criaron las selvas de África! Tus mesmas obras te alaben, valiente manchego, y aquí las dejo, por faltarme palabras con que encarecerlas!».
Aquí dio fin a su perorata el autor, y pasó a tomar el hilo de su historia, diciendo que el alcaide, viendo que don Quijote había tomado su