Y así prosigue con su historia, diciendo que el día que don Quijote dio los consejos a Sancho, aquella misma tarde después de comer, se los entregó por escrito para que buscase quien se los leyese. Mas apenas se los dieron, cuando él los dejó caer, y vinieron a manos del duque, el cual los mostró a la duquesa, y ambos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de don Quijote.
Y así, prosiguiendo con la burla, aquella misma tarde despacharon a Sancho con gran acompañamiento a la aldea que le había de servir de ínsula. Sucedió que la persona que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque, hombre de mucha discreción y gracia —que no puede haber gracia sin discreción—, y el mismo que hizo la personilla de la condesa Trifaldi del modo gracioso que ya queda dicho; y con estas partes, y con las trazas que sus amos le dieron de cómo se había de habérselas con Sancho, cumplió admirablemente su cometido.
Y aconteció que, así como Sancho vio a aquel mayordomo, le pareció que figuraba el mismo rostro de la Trifaldi, y, volviéndose a su amo, le dijo: —Señor, o el diablo me lleve aquí, agora que estoy vivo y católico, o vuestra merced me ha de confesar que la cara deste mayordomo del duque que aquí está es la mesma cara de la Dolorida.
Don Quijote miró atentamente al mayordomo, y habiéndolo hecho, dijo a Sancho: —No hay para qué el diablo te lleve, Sancho, ni justo ni crédulo—y lo que con esto quieres decir, no lo sé; el rostro de la Dolorida es el del mayordomo, pero con todo eso el mayordomo no es la Dolorida; porque el serlo encerraría en sí una grandísima contradicción; mas no es este tiempo de entrar en semejantes disputas, que sería meternos en un laberinto sin salida. Créeme, amigo, que a nuestro Señor hemos de suplicar de todo corazón que nos libre de malvados magos y encantadores.
—No es burla ninguna, señor —dijo Sancho—, porque antes desto le oí hablar, y me pareció exactamente que la voz de la Trifaldi me sonaba en