“De este lugar no me levantaré, valiente y esforzado caballero, hasta que vuestra bondad y cortesía me concedan un don, el cual ha de redundar en honra y fama de vuestra persona y en servicio de la más desolada y afligida doncella que el sol ha visto; y si el poder de vuestro fuerte brazo corresponde al crédito de vuestra inmortal fama, obligados sois a favor de la menesterosa criatura, que, guiada por el olor de vuestro renombrado nombre, de tan lejanas tierras ha venido a buscar vuestro amparo en sus desventuras.”
—No os responderé a palabra, fermosa señora —respondió don Quijote—, ni escucharé más cosa en lo tocante a vuestra merced, hasta que os levantéis de la tierra.
—No me levantaré, señor —respondió la afligida doncella—, a no ser que por su cortesía me sea concedida primero la merced que le pido.
—Os la concedo y otorgo —dijo don Quijote—, con