Debíamos de haber recorrido unas treinta millas cuando nos sorprendió el día a unos tres tiros de mosquete de la tierra, la cual nos pareció desierta y sin nadie que nos viese.
Con todo y con eso, a fuerza de remos nos pusimos un poco a la mar, pues ya estaba algo más calmada, y habiendo ganado unas dos leguas, se dio la orden de remar por turnos mientras comíamos algo, porque la embarcación iba bien provista; pero los remeros dijeron que no era momento de tomar ningún descanso; que se repartiera comida a los que no remaban, pero que ellos no dejarían los remos por ningún motivo.
Así se hizo, pero en esto comenzó a soplar un viento recio, lo que nos obligó a dejar los remos, izar la vela al instante y poner rumbo a Orán, ya que era imposible hacer otro derrotero.
Todo esto se hizo con mucha presteza, y a vela corríamos más de ocho millas por hora sin más temor que el de tropezar con alguna embarcación que estuviera de corso.
Dimos de comer a los remeros moros, y el renegado los consoló diciéndoles que no eran tenidos por cautivos, pues les daríamos la libertad a la primera oportunidad.
Lo mismo se le dijo al padre de Zoraida, el cual respondió:
«Cualquier otra cosa, cristiano, pudiera esperar o juzgar probable de vuestra generosidad y buen proceder; pero no me tengáis por tan simple que crea que me habéis de dar la libertad, pues nunca os hubierais puesto en el peligro de quitármela solo para devolvérmela tan generosamente, mayormente sabiendo quién soy y la cantidad que podéis esperar recibir por mi rescate; y si nombráis esa cantidad, os ofrezco aquí todo lo que pedís por mí y por esta mi desdichada hija; o si no, por ella sola, que es la mayor y más preciosa parte de mi alma».