sus escuderos gobernadores de las islas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado que por mí no falte tan liberal usanza; antes pienso en ella ventajarme, porque ellos algunas veces, y las más, esperaban a que tuviesen los escuderos casados, y ya viejos, y que después de hartos de servir y de pasar malos días y peores noches, les daban algún título o de conde, o por lo menos de marqués, de algún valle o provincia de más a menos; mas si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese otros a él debidos, que viniesen de molde para que tú fueses coronado rey de uno dellos. Ni te has de maravillar desto, que tantas y tan inopinadas venturas y acaecimientos se dan a los tales caballeros, que con la misma facilidad te podría dar mucho más de lo que te
—Pues en tal caso —dijo Sancho Panza—, si Dios hiciere la que vuestra merced dice de convertirme en rey, vendría a ser mi ayna Juana Gutiérrez reina, y mis hijos infantes.
—Pues ¿quién lo duda? —dijo don Quijote.
—Lo duso —respondió Sancho Panza—, porque a mi parte se me da que, a llover Dios reinos sobre la tierra, ninguno vendrá bien a la cabeza de Mari Gutiérrez; bien os hago saber que para reina no vale dos maravedís: conde, sí; y aun con la ayuda de Dios, Dios me perdone.
—Déjalo en manos de Dios, Sancho —respondió don Quijote—, que él le dará lo que mejor le convenga; mas no teprecies tú tanto de venir a contentarte con menos de ser gobernador de una provincia.
—No lo haré, señor —respondió Sancho—, mayormente teniendo por amo a vuestra merced, que sabrá darme todo lo que me cuadrare y que yo pudiere llevar.