replicó: «¡No milagro, milagro, sino industria, industria!». El cura, perplejo y atónito, se llegó con ambas manos a palpar la herida, y halló que el paloduz no había pasado por las carnes y costillas de Basilio, sino por un cauto canuto de hierro lleno de sangre que en aquel lugar traía ajustado, y la sangre, como después se supo, era preparada de tal modo que no se congelemos. En resolución, el cura y Camacho y la mayor parte de los presentes conocieron que estaban burlados. La novia no mostró pesadumbre por el engaño; antes bien, oyendo decir que aquel casamiento, por ser falso, no había de ser válido, dijo que ella le confirmaba de nuevo, de donde todos coligieron que el negocio había sido tratado por concierto y inteligencia de los dos, a cuya causa Camacho y sus parciales se desmandaron a vengar la injuria en las manos de la violencia, y, desenvainando gran número de espadas, acometieron a Basilio, en cuya defensa al instante se desenvainaron otras tantas, y don Quijote, poniéndose en los primeros a caballo, con la lanza en el ristre y bien cubierto de su adarga, hizo retirar a todos. Sancho, a quien nunca agradaron ni se detuvieron semejantes tretas, se retiró a las tinajas de donde había sacado su regalada espumadera, juzgando que aquel lugar sería respetado como sagrado.
—¡Deteneos, señores, deteneos! —gritó con gran voz don Quijote—; > no hemos de tomar venganza de los agravios que el amor nos hace; acordaos que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como en la guerra es lícito y acostumbrado usar de ardides y estratagemas para vencer al enemigo, así en las competencias y pendencias de amor son lícitas las trazas y mañas que se dan para conseguir el deseado fin, como no sean en desdoro y deshonra de la cosa amada. Quiteria