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nydus/Don QuixotePublic
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XV. En que se cuenta la desgraciada aventura con que topó don Quijote al desmandarse con unos desalmados

—No me dieron tiempo para ver tanto —respondió Sancho—, pues apenas hube puesto mano a mi Tizona, cuando me firmaron las cruces a palos en las espaldas, y de suerte que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los pies, tirándome allí donde agora estoy tendido, donde el pensar si fueron afrenta o no las mojiconadas de los estacas no me da pena alguna, mas el dolor de los golpes sí, que se me han de quedar tan impresos en la memoria como en las espaldas.

—Con todo eso, déjame decirte, hermano Panza —dijo don Quijote—, que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que la muerte no le acabe.

—Y ¿qué mayor desventura puede haber —replicó Panza— que la que aguarda al tiempo a que la acabe y a la muerte a que la quite? Si nuestro mal fuera de aquellos que con un par de emplastos se curan, no fuera malo; pero voy a entendiendo que no bastarán a ponernos en zaguán todos los emplastos de un hospital.

—No más de eso: saca fuerzas de flaqueza, Sancho, como pienso hacer yo —respondió don Quijote—, y veamos cómo está Rocinante, porque me parece que no le ha cabido la menor parte de esta desgracia al pobre animal.

—En eso no hay nada de particular —respondió Sancho—, pues también él es caballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi bestia haya salido sin daño por donde nosotros salimos maltrechos.

“La fortuna deja siempre abierta una puerta en las desgracias para darles remedio —dijo don Quijote—; dígalo porque esta bestezuela bien puede suplir ahora la falta de Rocinante, sacándome de aquí a algún castillo donde me curen de mis heridas. Y más que no tendré a deshonor ir della montado, pues me acuerdo haber leído que el buen viejo Sileno, el ayo y maestro del alegre dios de la risa, cuando entró en la ciudad de las cien puertas, iba muy contanto sobre un asno abultado”.

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