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nydus/Don QuixotePublic
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Prefacio

el gran conde de Lemos, cuya cristiiana caridad y conocida liberalidad me sustenta contra todas las asperezas de mi corta fortuna, y viva la suprema benignidad del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas!, y qué importe que no haya imprentas en el mundo, o que impriman contra mí más libros que hay letras en los romances de Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que se lo pida adulación mía ni lisonja alguna, por su sola bondad se han tomado el trabajo de favorecerme y ampararme, en lo cual me tengo por más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La pobreza puede manchar al hidalgo, pero no tosquearle; y la virtud, puesto que de por sí resplandece, debajo de las estrecheces y rendijas de la penuria causa estima de los altos y nobles espíritus, y por ende su favor. No le digas más, ni yo te quiero decir otra cosa a ti, sino advertirte que consideres que esta Segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada del mismo artificio y de la misma tela que la Primera, y que en ella te doy a Don Quijote dilatado, y, postreramente, muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados, y basta también que un hombre honrado haya dado noticia de estas discretas locuras, sin volver a entrar en ellas; que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, las hace menos estimadas, y la escasez, aun de las malas, las pone en algún precio. Olvidábame de decirte que puedes esperar el Persiles, que ya voy acabando, y la segunda parte de la Galatea.

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