encantadores que me persiguen como a criatura y miembro de vuestra merced, y que debieron de poner esa porquería allí para provocar su paciencia a ira y hacer que me muela las costillas, como lo tiene de costumbre! En verdad que esta vez han errado el golpe, pues confío en el buen juicio de mi señor para ver que no tengo requesones ni leche ni cosa semejante; y que, si los tuviera, en el estómago los pondría y no en la
—Puede ser —dijo don Quijote.
Todo esto lo iba observando el caballero, y con asombro, mayormente cuando, después de habérselo limpiado todo, la cabeza, el rostro, la barba y la celada, se la encasquetó don Quijote, y, asentándose bien en los estribos, acomodándose la espada en la vaina y asiéndose de la lanza, exclamó:
—¡Ahora venga quien anhele bregar, que aquí estoy yo listo para medir fuerzas con el mismo Satanás en persona!
Para este tiempo ya había llegado el carro de las banderas, sin venir nadie en él sino el carretero en una mula, y un hombre sentado adelante. Don Quijote se puso ante él y dijo: —¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es este? ¿Qué lleváis en él? ¿Qué banderas son aquellas?
A esto respondió el carretero: «El carro es mío, y lo que en él va son dos leones bravos en una jaula, que el gobernador de Orán envía a la corte por presente a su Majestad, y las banderas son del rey nuestro señor, en señal que lo que aquí va es suyo».
—¿Y son grandes los leones? —preguntó don Quijote.
—Tan grandes —respondió el hombre que estaba sentado a la puerta del carro—, que mayores, ni tan grandes, han pasado de África a España en