como creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia católica romana, y el ser enemigo mortal de los judíos, me habían de tener lástima los historiadores y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que dijeren; que desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano; que, con verme puesto en un libro y que anda de mano en mano por el mundo, no se me da un higo de cuanto digan de
—Eso, Sancho —respondió don Quijote—, me trae a la memoria lo que le sucedió a un famoso poeta de nuestros días, el cual, habiendo escrito una sátira contra todas las damas cortesanas, no nombró ni metió en ella a cierta dama de quien se dudaba si lo era o no. La cual, viéndose fuera de la lista del poeta, le preguntó qué había visto en ella para no incluirla en el número de las otras, diciéndole que aderezase su sátira y la pusiese en el entre renglón, si no, que se atuviese a las consecuencias. El poeta lo hizo así y la dejó sin toca que no se la levante, y ella se dio por contenta con quedar famosa, aunque infame. A esto se encamina lo que cuentan de aquel pastor que abrasó el famoso templo de Diana, reputado por una de las siete maravillas del mundo, y lo quemó con el único fin de que su nombre viviese en los siglos venideros; y, aunque se guardó el secreto de no nombrarle ni decir su nombre por palabra ni por escrito, porque no consiguiese el fin de su deseo, no obstante se supo ser su nombre Erostrato. Y lo mismo se encamina a esto que sucedió en el gran emperador Carlos V con un caballero en Roma. Quiso el emperador ver el famoso templo de la Rotunda, que antiguamente se llamó de «todos los dioses» y hoy, con mejor vocablo, «de todos los santos», que es el edificio más entero que de los de la gentilidad quedó en Roma, y el que más sustenta la fama de la grandeza y magnificencia de sus fundadores; el cual es de hechura de media naranja, grandísimo en extremo y muy escaso de luz, si no es la que por una ventana, o por mejor decir tragaluz, redondo que está en lo alto entra; y por él miró el emperador el edificio. Estaba a su lado un caballero romano y le iba declarando la traza y