tres semanas como tardó tres días, el Caballero de la Triste Figura mostrara tal rostro, que su propia madre no le conociera; y será bien dejarle envuelto en suspiros y en versos, por contar lo que a Sancho Panza le suceso en su legación.
En cuanto a él, saliendo al camino real, enderezó hacia El Toboso, y al día siguiente llegó a la venta donde le había su sucedida la desgracia de la manta. Así como la reconoció, le pareció que de nuevo se hallaba volando por los aires, y no se podía resolver a entrar en ella, puesto que era hora en que bien lo pudiera hacer, por ser la de comer, y él deseaba mucho comer algo caliente, porque hacía muchos días que todo era comida fría.
Este anhelo le obligó a arrimarse a la venta, estando todavía dudoso en si entraría o no, y estando en esta perplejidad, salieron de ella dos personas que le conocieron luego, y dijo el uno al otro:
—Señor licenciado, ¿no es aquel que va sobre el caballo Sancho Panza, que la ama de nuestro aventurero nos dijo que se había ido con su amo por escudero?
—Así es —dijo el licenciado—, y aquel es el caballo de nuestro amigo don Quijote; y si le conocían tan bien era porque eran el cura y el barbero de su mismo lugar, los mismos que habían hecho el examen y sentencia de los libros; y así como reconocieron a Sancho Panza y a Rocinante, deseosos de saber de don Quijote, se llegaron a él, y llamándole por su nombre, le dijo el cura: —¡Hermano Sancho Panza, ¿dónde está vuestro amo?
Sancho los reconoció al instante, y determinado a guardar secreto del lugar y de las circunstancias donde y bajo las cuales había dejado a su amo, respondió que su amo se hallaba ocupado en cierta parte en cierto asunto de gran importancia para él que no podía revelar por nada del mundo.