—De todo mi corazón —dijo don Quijote—, y, habiéndole escrito, lo leyó de este modo:
“Señora Sobrina: Por este primer pollino de asno, pagad a Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dejé en casa y están a vuestro cargo; los cuales tres pollinos dichos se han de pagar y entregar por otros tantas aquí recibidos, que con esta y con su recibo del dicho Sancho os serán bien dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veintisiete de agosto de este presente año.”
—Con eso basta —dijo Sancho—; firme vuestra merced ahora.
—No hay necesidad de firmarlo —dijo don Quijote—, sino solamente poner mi rúbrica, que es lo mesmo que firma, y basta para tres asnos, o para trecientos.
—Bien puedo fiarme de vuestra merced —respondió Sancho—; déjeme que vaya a ensillar a Rocinante y a recibir su bendición, que pienso ponerme en camino desde luego sin ver las necedades que vuestra merced ha de hacer; que yo diré que le vi hacer tantas, que no menester más.
—Sea como fuere, Sancho —dijo don Quijote—, querría —y hay razón para ello— querría, digo, que me vieses desnudo en pelota y que hiciese una docena o dos de locuras, las cuales podré yo acabar en menos de medio cuarto de hora; porque, habiéndolas tú visto por tus propios ojos, podrás jurar y perjurar en las demás que quisieres añadir; y fío de ti que no dirás tantas cuantas yo Pienso hacer.
—¡Por amor de Dios, señor mío —dijo Sancho—, no me mande vuesa merced que me despoje de mi ropa, que me pesará mucho en el alma, y no podré dejar de llorar, y me duele tanto la cabeza de lo que lloré anoche por el Rucio, que no estoy para comenzar a llorar de nuevo; mas si vuesa merced es servido que yo haga algunas locuras, hágalas en sus vestidos,