Del respuesta que dio don Quijote a su censurador, con otros incidentes graves y graciosos.
Don Quijote, pues, puesto en pie, temblando de los pies a la cabeza como un hombre con alferecía, con voz turbada y anhelosa, dijo: > «El lugar donde estoy, y la presencia en quien me hallo, y el respeto que siempre he tenido y tengo al estado que vuestra merced profesa, atan y suspenden las manos de mi justa cólera; y así, por estas razones como por saber yo lo que todos saben, que las armas de los togados son las mismas que las de las mujeres, que es la lengua, usaré de la mía en igualdad con la de vuestra merced, de quien se debiera esperar consejo sancto antes que vituperios famosas. Las reprehensiones sanctas y bien intencionadas otras circunstancias han de tener y otros modos han de pedir: a lo menos, el reprehender en público y tan ásperamente se sale de los términos de la buena reprehensión, pues la blanda más que la aspera conviene; y no está bien que al pecador, a boca de jarro, sin saber primero el pecado, se le llame necio y tonto. Si no, dígame vuestra merced: ¿por cuál de las necedades que en mí ha visto me condena y vitupera, y me manda que me vaya a su casa a cuidar de ella y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si los tengo? ¿No hay más que hollar las casas ajenas por picos y pinreles, y mandar a los amos (y acaso criados en toda estrecheza de algún seminario, que no han visto más mundo que el que puede haber de veinte o treinta leguas en derredor), dar ley a la caballería y juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es vanidad, o es gastar el