al parecer no mucho más. Jamás parece ocurrírsele que la misma traducción de una palabra no sirve en todos los casos.
A menudo se dice que no tenemos una traducción satisfactoria de Don Quijote. Para quienes están familiarizados con el original, decir esto sabe a perogrullada o lugar común, pues en verdad no puede haber una traducción cabalmente satisfactoria de Don Quijote ni al inglés ni a ninguna otra lengua. No es que los modismos españoles sean tan absolutamente intratables, o que las palabras incasables, indudablemente lo bastante numerosas, sean tan superabundantes, sino más bien que la concisión sentenciosa a la que el humor del libro debe su sabor es propia del español, y en cualquier otra lengua, a lo sumo, solo puede imitarse de manera lejana.
La historia de nuestras traducciones inglesas del Don Quijote es instructiva. La de Shelton, la primera a cualquier idioma, se hizo, al parecer, hacia 1608, pero no se publicó hasta 1612. Esta, por supuesto, era solo la Primera Parte. Se ha afirmado que la Segunda, publicada en 1620, no es obra de Shelton, pero no hay nada que apoye tal afirmación salvo el hecho de poseer menos espíritu, menos de lo que comúnmente entendemos por «vidilla», que la primera, lo cual sería perfectamente natural si la primera fuera obra de un joven escribiendo currente calamo, y la segunda la de un hombre de mediana edad escribiendo por encargo de un librero. Por otra parte, es más cercana y literal, el estilo es el mismo, en ella se dan las mismas traducciones, o maltraducciones, y es sumamente improbable que un nuevo traductor, al ocultar su nombre, le hubiera permitido a Shelton llevarse todo el mérito.
En 1687 John Phillips, sobrino de Milton, produjo un Don Quijote «convertido al inglés», según dice, «al humor de nuestra lengua moderna». Su Quijote no es tanto una traducción como una parodia, y una parodia que por su grosería, vulgaridad y bufonería resulta casi inigualable incluso en la literatura de aquella época.