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nydus/Don QuixotePublic
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XLIV. En el cual se prosiguen las nunca oídas aventuras de la venta

hubiera parido, y ahí está mi asno en el caballerizo que no me dejará mentir; probadla no más, y si no le viene como anillo al dedo, llamadme bellaco; y más, que el mesmo día que me hurtaron esto, me hurtaron también una bacía de azófar nueva, que aún no había estrenado, que valía un escudo a lo

A esto no pudo don Quijote contenerse de responder; y poniéndose en medio de los dos, y apartándolos, puso el albarda en el suelo, para que estuviese a la vista hasta que la verdad se averiguase, y dijo:

«Bien claramente y sin mudanza podéis ver, señores, el error en que este hidalgo está, pues lo que fue, es y será el yelmo de Mambrino, que yo le gané en buena guerra y se lo robé por fuerza de señorío y posesión legítima, todavía lo llama bacía. Del albarda no me meto en cosa alguna; mas dígoos que sobre ella me pidió licencia mi escudero Sancho para despojar de los jaeces el caballo de este vencido cobarde, y adornar con ellos el suyo; yo se la di, y él los tomó; y de haberse mudado de jaeces en albarda, no sé dar razón, sino la ordinaria de que estas cosas suelen acontecer en las aventuras de caballerías. Y para confirmación de todo esto, corre, Sancho hijo, y saca aquí el yelmo que este buen hombre dice que es bacía».

—¡Voto va, señor —dijo Sancho—, que si no hemos de tener otra prueba de nuestra verdad que la que vuestra merced dice, que así es el yelmo de Mambrino bacinía como este buen hombre es albarda la capadora!

—Haz lo que te mando —dijo don Quijote—; no es posible que todo en este castillo sea por encanto.

Sancho se apresuró a ir adonde estaba la bacía y la trajo consigo, y, en viéndola don Quixote, la tomó en las manos y dijo:

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