La duquesa estaba admirada de la desenvoltura de Altisidora; bien sabía que era atrevida, graciosa y desvergonzada, pero no tanto que se atreviese a tratar desta manera; y como no estaba prevenida a la burra, fue mayor su asombro.
El duque quiso seguir la broma, y así dijo: —No me parece bien, señor caballero, que, habiendo recibido la acogida que en este mi castillo se os ha ofrecido, hayáis tenido osadía de llevaros tres tocas, por lo menos, y no digamos las ligas de mi doncella; ello muestra mal corazón y no cuadra con vuestra fama. Volvedle sus ligas, o si no, os desafío a muerte, que no tengo miedo de que los encantadores malandrines muden y troquen mi rostro como trocaron el del que os salió al encuentro en el de mi lacayo Tosilos.
—Libre Dios —dijo Don Quijote— de que yo desenvaine la espada contra vuestra ilustre persona, de quien he recibido tan grandes mercedes.
Los pañizuelos los restituiré, porque dice Sancho que los tiene; cuanto a las ligas, es imposible, porque ni yo las tengo ni él las ha tenido; y si vuestra doncella aquí presente quiere mirar en sus escondrijos, créame que las hallará.
Yo nunca he sido ladrón, señor duque, ni pienso serlo en todo el tiempo que viviere, si Dios no fuere servido de quitarme de las manos.
Esta doncella, según su confesión, habla como enamorada, de lo cual yo no tengo la culpa, y por eso no hay para qué pedir perdón, ni de ella ni de vuestra excelencia, a quien suplico me tenga en mejor opinión y me dé licencia otra vez para proseguir mi viaje.
—Y quiera Dios así, señor don Quijote —dijo la duquesa—, que de sus hazañas oigamos siempre buenas nuevas; y que vaya con buena hora, porque cuanto más se detiene, tanto más enciende los pechos de las