lo que el cielo me envió al mundo y me hizo profession en la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a los necesitados y oprimidos de los más fuertes. Mas, como sé que es de prudencia hacer por las buenas lo que se puede hacer por las malas, quiero rogar a estos señores, vuestros guardas y comisario, que sean servidos de soltaros y dejaros ir en paz, pues no faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones; que me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Por otra parte, señores guardas —añadió don Quijote—, estos pobres no os han cometido nada; ¡allá se apropien cada cual de sus pecados!; Dios hay en el cielo que no se descansa de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no conviene que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Esto os pido así con tan blanda y pacífica manera, para que, si la cumplís, tenga razón de agradeceroslo; y, si no la queréis hacer por las buenas, esta lanza y esta espada, con la fuerza de mi brazo, os han de obligar a ella por las malas.
—¡Bonita tontería! —dijo el comisario—; ¡una graciosa bufonería es la que al fin ha soltado! ¡Pretende que dejemos libres a los presos del rey, como si nosotros tuviéramos autoridad para soltarlos, ni él para mandárnoslo! Vaya usted con su camino y buena pro des a su viaje; endrégale esa bacía que lleva en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.
—El gato, la rata y el rabelés sois vos —respondió don Quijote—; y a las obras manos, y de suerte que, sin darle lugar a que se defendiese, dio con él en el suelo, mal ferido de una lanzada; y pluguiera a Dios que fuera con la de la escopeta. Los demás guardaespaldas quedaron atónitos y suspensos de aquel no pensado suceso; mas, volviendo en sí los de a caballo, echaron mano a las espadas, y los de a pie a las chuzas, y arremetieron contra don Quijote,