“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y m mío!
En aquella santa edad todas las cosas eran comunes; a nadie le era necesario para ganar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y cogerle de las robustas encinas, que convidaban liberalmente con su dulce y maduro fruto.
Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían.
En las quiebras de las peñas y en los cóncavos de los árboles hacían su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano sin interés alguno el tributo laborioso de su dulísimo frudo.
Los valientes alcornoques, sin ser compelidos de otra cortesía que de la de su propia voluntad, se despojaban de las anchas y livianas cortezas, con que comenzaron a cubrir las casas sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defenderse de las inclemencias del cielo.
Entonces todo era paz, toda amistad, toda concordia; aún la perezosa reja del corvo arado no se había atrevido a desgarrar ni horadar las entrañas tiernas de nuestra primera madre, la cual sin ser forzada sacaba de todo su ancho y fértil seno cuanto pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces era cuando las hoscas y hermosas zagales andaban de valle en valle y de cerro en cerro, en cabellos, sin más ropas de las menesterosas para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y quiso siempre que se cubra.