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nydus/Don QuixotePublic
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XXV. Que trata de las extrañas cosas que al valiente caballero de la Mancha sucedieron en la Sierra Morena, y de su

¡Oh, tú, mi escudero, agradable compañero en mis prosperidades y adversidades, fija bien en la memoria lo que me vieres hacer aquí, para que lo cuentes y refieras a la sola causa de todo!”, y, en diciendo esto, se apeó de Rocinante, y en un instante le quitó la silla y el freno, y, dándole una palmada en la grupa, le dijo: “Libertad te da el que la tiene sin ella, oh, caballo tan famoso por tus obras como desgraciado en tus hados; vete por donde quisieres, que llevas escrito en la frente que ni el hipogrifo de Astolfo, ni el famoso Frontino que tanto costó a Bradamante, te igualaran en la ligereza.”

Viendo esto, dijo Sancho:

«¡Bien haya quien nos quitó el trabajo de despojar de la albarda a nuestro rucio! ¡A fe que no se fuera sin una palmada en la grupa y una alabanza suya! Aunque, si él aquí estuviera, no consintiera yo que nadie le despojara, pues no había para qué, ni él tenía nada de enamorado ni de desesperado, pues no lo tenía su amo, que lo fui yo en tanto que Dios quiso; y verdaderamente, señor Caballero de la Triste Figura, que si mi partida y la locura de vuestra merced han de ir de veras, será bien ensillar otra vez a Rocinante, porque suplique la falta del rucio, a causa de que me ahorrará tiempo en la ida y en la vuelta; porque ir a pie, ni sé cuándo llegaré, ni cuándo volveré, según soy, en verdad, malo para caminar».

—Digo, Sancho —replicó don Quijote—, que sea como tú quieres, que no me parece mal tu determinación, y de aquí a tres días partirás, que quiero que en este tiempo notes lo que por ella hago y digo, para que lo puedas contar.

—Pero ¿qué más he de ver de lo que he visto? —dijo Sancho.

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