guerras de Italia, habían traído de allí los productos de la literatura posrenacentista, los cuales echaron raíces, florecieron y llegaron incluso a amenazar con extinguir los brotes autóctonos. Dámon y Tirse, Filis y Clori se habían naturalizado plenamente en España, junto con todos los artificios de la poesía pastoril para dotar de un aire de novedad a la idea de un pastor desesperado y una pastora inflexible. Como contrapartida a esto, los viejos romances históricos y tradicionales, y las verdaderas églogas, las canciones y cantares de la vida campesina, se recopilaban con asiduidad y se imprimían en los cancioneros que se sucedían con creciente rapidez. Pero la consecuencia más notable, tal vez, de la expansión de la imprenta fue el aluvión de libros de caballerías que no había cesado de brotar de las prensas desde que Garci Ordóñez de Montalvo resucitara el Amadís de Gaula a principios de siglo.
Para un joven aficionado a la lectura, ya fuera de obras serias o ligeras, no podría haber habido mejor lugar en España que Alcalá de Henares a mediados del siglo XVI.
Era entonces una ciudad universitaria bulliciosa y populosa, algo más que la audaz rival de Salamanca, y por completo un lugar muy diferente de la melancólica, silenciosa y desierta Alcalá que el viajero ve ahora cuando va de Madrid a Zaragoza.
La teología y la medicina quizás fuesen los puntos fuertes de la universidad, pero la ciudad misma parece haberse inclinado más bien hacia las humanidades y la literatura ligera, y como productora de libros Alcalá ya estaba empezando a competir con las imprentas más antiguas de Toledo, Burgos, Salamanca y Sevilla.