sauces destilaban maná dulce, las fuentes reían, los arroyos murmuraban, los bosques se alegraban y los prados se engalanaban con toda su gloria a su venida. Pero apenas la luz del día dio lugar a ver y distinguir las cosas, lo primero que se le ofreció a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, la cual era tan grande, que casi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto, que era de un tamaño desmedido, aguileña en la mitad, llena de verrugas y de color de melena como berenjena; colgábale dos dedos debajo de la boca, y la grandeza, el color, las verrugas y el torcimiento della hacían el rostro tan atroz, que Sancho, de que la miró, comenzó a temblar de pies a manos como niño con alferecía, y propuso en su corazón dejarse dar dos cientos bofetones antes que verse en la ocasión de reñir con aquel monstruo. Don Quijote miró a su contrario, y vio que ya tenía el casco puesto y la vizera bajada, de modo que no se le parecía el rostro; pero advirtió que era hombre de cuerpo recio, aunque no de muy alta estatura. Sobre las armas traía un sobreveste o casaca, que al parecer era de finísimo tisú de oro, sembrado todo de espejuelos resplandecientes como lunas, que le hacían sumamente gallardo y pomposo; sobre el casco le ondeaba una gran cantidad de plumas verdes, amarillas y blancas, y la lanza, que estaba arrimada a un árbol, era grandísima y gruesa, y con el hierro della de más de una cuarta.
Don Quijote lo observó todo, y notó todo, y de lo que vio y observó sacó la consecuencia de que el tal caballero debía de ser un hombre de grandes fuerzas; mas no por eso dio lugar al miedo, como Sancho Panza; antes al contrario, con reposado y gallardo continente, dijo al Caballero de los Espejos: —Si, caballero sirviente, vuestro gran deseo de pelear no os ha quitado la cortesía, por ella os suplico alcéis un poco la visera, para que yo vea si la gentileza de vuestra presencia corresponde a la de vuestro arnés.