Donde el cautivo cuenta su vida y sus sucesos.
Mi familia tenía su origen en un lugar de las montañas de León, a quien la naturaleza se mostró más propicia y generosa que la fortuna; aunque en la general pobreza de aquellos pueblos tenía mi padre fama de rico, y aun lo fuera en realidad si tan mañoso se diera en conservarla como en gastarla.
Esta condición de liberal y desprendida la había adquirido de haber sido soldado en su juventud, que la milicia es una escuela donde el mezquino se hace franco y el franco pródigo; y si algunos soldados se hallan avaros, son como monstruos que raras veces se ven.
Pasaba mi padre los términos de la liberalidad y rayaba en la prodigalidad, condición que no le es nada ventajosa al hombre casado que tiene hijos que han de sucederle en el nombre y en el ser. Tenía mi padre tres, todos varones, y todos de edad para elegir estado.
Viendo, pues, que no podía refrenar su natural inclinación, determinó despojarse del instrumento y causa de su prodigalidad y largueza —el caudal, sin el cual el mesmo Alejandro parecería parco—, y así, llamándonos un día a los tres solicos en un aposento, nos habló poco más o menos en este efeto:
“Hijos míos, para aseguraros que os amo, no es necesario saber ni decir más que el hecho de que sois mis hijos; y para fomentar la sospecha de que no os amo, no se necesita más que saber que carezco de autocontrol en lo que concierne a la preservación de vuestro patrimonio; por tanto, para que en el futuro tengáis la seguridad de que os amo como un padre y