todo lo cual quedó don Quijote tan admirado, que aquel fue el primer día que de todo en todo se creyó y estimó ser caballero andante verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído que eran tratados los tales caballeros en los pasados siglos.
Sancho, abandonando al rucio, se agarró a la duquesa y entró en el castillo, pero sintiendo algunos escrúpulos de conciencia por haber dejado al asno solo, se acercó a una dueña de autoridad que con los demás había salido a recibir a la duquesa, y con voz baja le dijo: —Señora González, o como vuestra merced se llamare...
—A mí me llaman doña Rodríguez de Grijalba —respondió la dueña—; ¿qué es lo que vuestra merced manda, hermano? A lo que respondió Sancho:—Querría que vuestra merced me hiciese la merced de salir a la puerta del castillo, que allí hallará un asno mío rucio; y hágale guardar en la caballeriza, si le pláce, o guárdetele usted misma, que el pobre animalito no está acostumbrado a estar solo, y espántase con mucha facilidad.
—Si el amo es tan sabio como el criado —dijo la dueña—, buena ganga hemos hecho. Váyase con Dios, hermano, y mal año para usted y para quien le trajo aquí; vaya a cuidar de su asno, que las dueñas de esta casa no estamos acostumbradas a menesteres de esa laya.
—Pues en verdad —respondió Sancho—, yo he oído contar a mi amo, que es un poquillo enciclopedista en esto de consejas, que aquello de Lanzarote cuando vino de Bretaña, que le servían dueñas y a su rocino doncellas; y a trueco de mi jumento, no lo trocaría por el rocino del señor Lanzarote.
—Si sois bufón, hermano —dijo la dueña—, guardad vuestras graciosidades para algún lugar donde pasen por buenas y os las paguen, que de mí no sacaréis más que un higo.