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nydus/Don QuixotePublic
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XXIV

viendo que se me iba pasando el tiempo y que mi alma se me moría por la verla, determiné de poner por obra y ejecutar lo que me pareció medio más propicio para alcanzar mi deseado y debido galardón: pedírsela a su padre por mujer legítima, lo cual hice. A lo cual él me respondió que me agradecía la voluntad que mostraba de honrarle y de quererme honrar con su prenda, mas que mi padre vivía, a quien por derecho tocaba hacer esta demanda, porque, si no fuese con su entera voluntad y gusto, no había de ser Luscinda tomada ni dada a hurto. Yo le agradecí su cortesanía, pareciéndome que llevaba razón lo que decía, y que mi padre lo consentiría en se lo diciendo; y con este pensamiento fueme luego al mismo instante a dar a entender a mi padre lo que deseaba. Cuando entré en la sala donde él estaba, le hallé con una carta abierta en la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me la dio, diciendo: «Por esta carta verás, Cardenio, la voluntad que el duque Ricardo tiene de hacerte merced». Este duque Ricardo, como vos, señores, ya debéis de saber, es un grande de España que tiene su estado en lo mejor desta Andalucía. Tomé y leí la carta, la cual era tan atenta, que a mí me pareció que, si mi padre no la cumpliera, tuviera gran culpa; y el contenido della era que el duque le dijese que me enviase luego a su corte, porque quería que fuese compañero, no criado, de su hijo primogénito, y que él tomaría a su cargo el ponerme en estado que correspondiese a la estimación que de mí hacía. En ley de leída la carta, quedé mudo, y mucho más cuando oí decir a mi padre: «Dos días há de haber que te has de partir, Cardenio, a la voluntad del duque; y da gracias a Dios que te abre camino por donde alcances lo que yo sé que mereces», y a estas palabras añadió otros consejos de padre. Llegó el término de mi partida; hablé una noche a Luscinda, dijéisle todo lo que pasaba, y aun a su padre, rogándole que me diese algún plazo y dilatase el dar posesión de su hacienda hasta ver lo que el duque Ricardo de mí quería: él me lo prometió, y ella lo confirmó con tantos juramentos y desmayos, que no se podían número. En resolución, yo me vine al duque; fuí tan bien recibido y tratado dél, que muy presto comenzó la envidia a hacer su

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