A estas palabras de Sancho, abrió este los ojos y levantó la cabeza que llevaba baja, cavilando en su infortunada excursión; y mirando al peregrino, conoció en él al mesmo Ricote que le salió al encuentro el día que salió de su gobierno, y acabó de creer que aquella era su hija.
La cual, desatada ya, abrazó a su padre, mezclando sus lágrimas con las suyas, y él, llegando al general y al virrey, dijo: «Esta, señores, es mi hija, más desdichada en sus sucesos que en su nombre; ella es Ana Félix, por otro sobrenombre llamada Ricote, tan celebre por su hermosura como por mis riquezas. Yo salí de mi patria a buscarle asilo y refugio en partes extrañas, y habiéndole hallado en Alemania, volví en este hábito de peregrino, en compañía de otros alemanes, a buscar a mi hija y a sacar una gran cantidad de tesoro que dejé enterrado. A mi hija no hallé, el tesoro hallé y le traigo conmigo; y ahora, por extrañas vueltas que habéis visto, hallo el tesoro que más que todos me enriquece, que es mi amada hija. Si nuestra inocencia, y sus lágrimas y las mías, pueden abrir puertas a la clemencia por medio de la estrecha justicia, usad della con nosotros, que jamás tuvimos intención de ofenderos, ni nos mancomunamos con las intenciones de los nuestros, que con justo título han sido desterrados».
—Bien conozco yo a Ricote —dijo a esto Sancho—, y sé también que lo que dice de que Ana Félix es su hija es verdad; pero en eso de los atajos y rodeos, y de tener buenas o malas intenciones, no me meto en nada.
Mientras todos los presentes contemplaban asombrados este extraño suceso, el general dijo: —De todos modos, vuestras lágrimas no me permiten cumplir mi juramento; vivid, hermosa Ana Félix, todos los años que el cielo os tenga destinados; mas estos atrevidos insolentes han de