—Pinte lo que quisiere —dijo Sancho—, que yo me güelgo harto con su pintura, y si yo hubiera comido, no hubiera bocado de más gusto para mí que lo que Vuesa Merced ha pintado.
—Eso todavía tengo que facilitarlo —dijo el labrador—; pero vendrá tiempo en que podremos, si no podemos ahora; y bien os puedo decir, señor, que si yo os supiera pintar su donaire y su alta estatura, os maravilláredes; mas no es posible, porque la lleva doblada a vuelta de boca y las rodillas con las barbas; pero, con todo eso, se deja echar de ver que, si se pudiera levantar, daría con la cabeza en el techo; y ya ella diera la mano a mi bachiller ha tiempo, sino que no la puede estirarla, porque la tiene encogida; pero, con todo eso, se le parece la finpieza y buena hechura en las uñas largas y surcadas.
—Ya está bien, hermano —dijo Sancho—; advierta que la ha pintado de pies a cabeza; ¿qué es lo que ahora pide? Venga al punto sin tanto rodeo y sin todos esos retazos y añadiduras.
—Quiero, señor —dijo el labrador—, que vuesa merced me haga merced de darme una carta de favor para el padre de la muchacha, rogándole sea servido de que este casamiento se efectúe, pues no nos desmerecemos en los bienes de fortuna ni en los de la naturaleza; porque, si tengo de decir la verdad, señor gobernador, mi hijo tiene un diablo, y no hay día en que no le atormenten los malos espíritus tres o cuatro veces, y por haber caído una vez en el fuego tiene la cara arrugada como un pergamino, y los ojos llorosos y de continuo corriendo; pero tiene una condición de un ángel, y si no fuera porque se da de palos y se apalea, sería un santo.
—¿Hay algo más que queráis, buen hombre? —dijo Sancho.