—No llegó el dolor a la afrenta de los bofetones —dijo Sancho—, por el solo fin de que fueron dueñas las que me los dieron, mal anadas sean; mas todavía vuelvo a suplicar a vuestra merced que me deje dormir, que el sueño es alivio de las miserias de los que las tienen despiertos.
—Sea enhorabuena, y Dios sea contigo —dijo don Quijote.
Se durmieron los dos, y Cide Hamete, autor de esta grande historia, quiso contar y referir qué fue lo que movió al duque y a la duquesa a poner en efecto la tramoya que se ha contado. Dice, pues, que el bachiller Sanson Carrasco, no olvidándose de cómo había sido vencido y derribado del Caballero de los Espejos por Don Quijote, cuya derrota y caída derribó todos sus pensamientos, quiso tornar a probar aventura, con esperanza de tener mejor ventura que la pasada; y así, habiéndose informado de dónde Don Quijote estaba por el paje que llevó la carta y presente a la mujer de Sancho, Teresa Panza, se armó de nuevo y trujo otro caballo, y puso una luna blanca en su escudo, y para llevar sus armas le llevaba un labrador una mula, y no Tom Cecial su escudero, por temor de no ser conocido de Sancho o de Don Quijote. Llegó al castillo del duque, y el duque le informón del camino y derrota que Don Quijote llevaba, con intención de hallarse en las justas de Zaragoza. Contóle también las burlas que le había hecho, y la invención del desencanto de Dulcinea a costa de las nalgas de Sancho; y finalmente le dio cuenta del artificio que Sancho había usado con su amo, haciéndole creer que Dulcinea era encantada y convertida en labradora; y cómo la duquesa, su mujer, había persuadido a Sancho que él mesmo era el engañado, pues Dulcinea estaba verdaderamente encantada; de lo cual se reía el bachiller no poco, y se admiraba de la agudeza y simpleza de Sancho, y del extremo de la locura de Don Quijote. Rogóle el duque que, si le hallase, vencido o no vencido, volviese por allí a darle cuenta del suceso. Hízolo así el bachiller; fuenle a buscar, y no le