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nydus/Don QuixotePublic
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III

estas y otras semejantes imaginaciones absorto y embebido le hallaron Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibió con grandísima cortesía.

El bachiller, aunque se llamaba Sansón, no era de grande cuerpo, pero sí muy gran socarrón; era de color cetrino, pero de muy agudo ingenio, de edad de hasta veinticuatro años, redondo de rostro, de nariz chata y de boca grande, señales todas de ser de condición melancólica y amigo de donaires y burlas; y de estas dio muestra en viendo a don Quixote, porque se arrodilló ante él y le dijo:

—Dejad que os bese las manos, gran señor don Quixote de la Mancha, que, por el hábito de San Pedro que visten mis espaldas, aunque no tengo más de los primeros cuatro órdenes, que vuestra merced es uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido ni habrá en toda la redondez de la tierra. ¡Bendito sea Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas escribió, y bendito sea el más curio[so] que tuvo cuidado de hacerla traducir del arábigo en nuestra vulgar castellana, para general pasatiempo de las gentes!

Don Quijote le hizo levantarse y dijo: «¿Con que es verdad que hay historia mía, y que la escribió un moro y sabio?».

—Tan verdad es eso, señor —dijo Sansón—, que tengo para mí que hoy hay impresos más de doce mil libros de la sobredicha historia. Si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y tengo para mí que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca.

—Una de las cosas —dijo a esta sazón don Quixote— que mayor contento debe de dar a un hombre virtuoso y eminente es verse, viciéndose, en la estampa y en la letra, en nombre de las gentes, impreso y conocido; digo con buen nombre, que si es lo contrario, peor que la muerte será su mesma vida.

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