que el cuento que os haré de mis desdichas ha de mover en vosotros tanto dolor como compasión, por no haberos de quedar con remedio para las unas ni con consuelo para las otras. Pero por que a vuestros ojos no quede mi honra dudosa, ya que me habéis hallado mujer y sola, y en este traje, cosas que juntas o apartadas bastarían a infamar a cualquier buena fama, me es forzoso decir lo que querría callar si pudiera”.
Todo esto, la que ahora se mostraba como una hermosa mujer, lo expuso sin vacilación alguna, con tanta soltura y con voz tan dulce que no quedaron menos encantados de su ingenio que de su hermosura; y como le repitieran sus ofrecimientos y ruegos de que cumpliera su promesa, ella, sin más insistencia, cubriéndose primero modestamente los pies y recogiéndose los cabellos, se sentó sobre una piedra, colocándose los tres a su alrededor, y, tras un esfuerzo por contener unas lágrimas que le acudieron a los ojos, con voz clara y firme comenzó su historia de este modo: