Dulcinea, con cuya licencia pienso y tengo por cierto de acabar y dar felice cabo a toda peligrosa aventura; porque ninguna cosa en la vida hace más valientes a los caballeros andantes que verse favorecidos de sus señoras».
—Eso creo yo —respondió Sancho—; pero mal me parece a mí que vuestra merced le ha de hablar ni ver en lugar donde pueda recibir su bendición, si no es que ella la eche por la cerca del corral donde la vi la vez primera, cuando le llevé la carta de las locuras y necedades que vuestra merced hacía en las entrañas de Sierra Morena.
—¿Topiaste, Sancho —dijo don Quijote—, con la tal cerca o pared donde debiste de ver aquella nunca como se debe alabar gracia y hermosura? Palacio real o alcázar debió de ser, sino galería, corredor o pórtico...
—Bien podría ser todo eso —respondió Sancho—, pero a mí me pareció una pared, si no es que tengo mala la memoria.
—A todo trance, Sancho, vámonos allá —dijo don Quijote—, que como yo la vea, tanto me tiene que sea por cima de una cerca, como por una ventana, o por el resquicio de una puerta, o por la reja de un jardín; que cualquier rayo del sol de su hermosura que a mis ojos llegare alumbrará mi entendimiento y esforzará mi corazón, de modo que quedaré solo y sin par en la discreción y en el valor.
—Pues a la verdad, señor —dijo Sancho—, cuando yo vi aquel sol de la señora Dulcinea del Toboso, no tenía tanta luz que pudiese echar de sí rayos; antes debió ser que, como su merced estaba cribando aquel trigo que dije, el mucho polvo que levantaba le puso la cara como una nube y se la oscureció.
—¡Cómo! ¿Y aún persistes, Sancho —dijo don Quijote—, en decir, pensar, creer y asegurar que mi señora Dulcinea estaba cerniendo trigo,