CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Don QuixotePublic
Página 398 de 1353
Table of Contents

XXVIII. Que trata del extraño y deleitoso acontecimiento que al cura y al barbero sucedió en la misma Sierra

pareciéndome que aún no estaba del todo cerrada la puerta del remedio para mi causa, figurándome que el cielo había puesto aquel estorbo en el segundo casamiento para hacerme caer en la cuenta de la obligación que tenía al primero, y echando de ver que, como cristiana, estaba obligada a mirar por mi alma más que por ningún humano respeto. Todo esto pasaba por mi imaginación, y yo procuraba consolarme sin consuelo, fingiendo unas esperanzas flacas y distantes de sustentar esta vida que ahora aborrezco.

“Pero estando yo en la ciudad, confusa y sin saber qué hacer, por no haber hallado a don Fernando, oí dar un pregón por el cual prometían los dueños gran cantidad de dalle a quien me hallase, dando las señas de mi edad y del mesmo vestido que traía; y oí decir que el muchacho que conmigo venía me había hurtado de casa de mi padre, cosa que me traspasó el alma, viendo cuán bajado era mi crédito, pues no bastaba perderme con mi huida, sino que habían de añadir con quién me había huido, siendo persona tan baja y tan indigna de mis pensamientos. En oyendo el pregón, salí de la ciudad con mi criado, que ya comenzó a mostrar mudanza en la fidelidad que me debía, y aquella misma noche, por temor de ser hallada, entramos por lo más espeso de estas sierras. Mas, como suele decirse, un mal llama a otro y el fin de una desgracia suele ser principio de otra mayor, así me avino a mí; porque mi digno criado, hasta allí tan fiel y leal, viéndome en aquel lugar soledoso, movido más de su mesma maldad que de mi hermosura, quiso aprovecharse de la ocasión que aquellos despoblados le ofrecían, y con poca vergüenza y menos temor de Dios y respeto mío, me comenzó a hablar en amor; y viendo que yo le respondía con las palabras que su atrevimiento merecía con justa aspereza, dejó los ruegos que de primero había usado y quiso valerse de la fuerza.

—Pero el justo Cielo, que pocas veces desampara los buenos deseos, de tal manera favoreció los míos, que con mis pocas fuerzas y poco trabajo le empujé a un despeñadero, donde le dejé, si muerto o vivo, no lo sé; y

398