—Apuesto a que —respondió Sancho— que piensa vuestra merced que he hecho alguna bellaquería con mi persona.
—Peor es menearlo, amigo Sancho —respondió don Quijote.
Con esta y otras pláticas de este género pasaron la noche, hasta que Sancho, viendo que el día venía cerca, con mucha precaución desató a Rocinante y se ató los calzones.
Apenas se vio libre Rocinante, que aunque por naturaleza no era nada brioso, pareció que cobraba vida y comenzó a dar zarpadas; porque dar carcajadas ni saltos, con perdón sea dicho, no sabía qué cosa era.
Don Quijote, pues, viendo que Rocinante se podía menear, lo tomó a buena señal y por indicio de que debía acometer la temida aventura.
A estas alturas el día ya había aclarado por completo y todo se veía con distinción, y don Quijote vio que se hallaba entre unos árboles altos, castaños, que daban una sombra muy profunda; asimismo percibió que el ruido de los golpes no cesaba, pero no pudo descubrir qué lo causaba, y así, sin más demora, dio espuelas a Rocinante y, despidiéndose de nuevo de Sancho, le mandó que lo esperase allí tres días a lo más, como le había dicho antes, y que si para entonces no hubiese vuelto, tuviese por cierto que había sido la voluntad de Dios que acabase sus días en aquella peligrosa aventura.
Repitió de nuevo el recado y la orden con que había de ir de su parte a su señora Dulcinea, y dijo que no tuviese pena por la paga de sus servicios, porque antes de salir de casa había hecho su testamento, en el cual se hallaría gratificado en cuanto al salario con la proporción debida al tiempo que le hubiese servido; mas que, si Dios le libraba sano y salvo y sin daño de aquel peligro, tuviese por más que cierta la prometida ínsula.