—A buena hora, que bien madura será —dijo Sancho—, pues no perderéis la maña de aquí a muchos años por faltaros un punto.
«¡Hijo de puta —dijo la dueña, encendida en cólera—, que si soy vieja o no, con Dios tengo de dar cuenta, y no con vos, bellaco harto de ajos!», y díjolo con tanta voz, que la duquesa lo oyó, y, volviéndose y viendo a la dueña tan alborotada y echando los ojos chispas, le preguntó con quién tenía aquella pendencia.
“Con este buen hombre aquí presente —dijo la dueña—, que me ha rogado con instancia que vaya a poner en la caballeriza un asno suyo que está a la puerta del castillo, proponiéndome por ejemplo que hacían lo mismo no sé dónde, que unas dueñas sirvieron a un tal Lancelot y unas dueñas a su rocín; y más que, para rematarlo todo, me llamó vieja”.
—Eso —dijo la duquesa— tuviera yo por el mayor agravio que se me pudiera ofrecer; —y, volviéndose a Sancho, le