padre y por el ánima de mi madre, que me lo ha de pagar todo a juro de pedazos, o no me llamaré como me llamo, ni seré hija de quien soy. Todo esto y más que esto decía la ventera con gran furia, y la apoyaba su buena criada Maritornes; la hija callaba y de cuando en cuando se sonreía. El cura aquietó los ánimos, prometiendo de pagar los daños lo mejor que pudiese, así de los pellejos como del vino, y, sobre todo, de la falta de la cola que tanta estimación tenían. Dorothea consoló a Sancho, diciéndole que ella le prometía que, en cuanto constase ser verdad haber muerto su amo al gigante y haberse ella poseído pacíficamente de su reino, le daría el mejor condado que en él hubiese. Con esto se consoló Sancho, y aseguró a la princesa que tuviese por cierto haber visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía una barba que le llegaba a la cintura, y que si ahora no parecía era porque todas las cosas de aquella casa se manejaban por encantamiento, como él lo había experimentado la vez pasada que en ella se había hospedado. Dorothea dijo que lo creía así sin falta, y que no tuviese pena, pues todo saldría bien y a pedir de boca. Pacificados todos, quiso el cura proseguir la novela, pues vio que le faltaba muy poco que leer. Rogáronle Dorothea y los demás que la acabase, y él, queriendo darles gusto y gozando de leerla también, prosiguió el cuento en estas palabras:
El resultado fue que, debido a la confianza que Anselmo sentía en la virtud de Camila, vivía feliz y libre de ansiedad, y Camila miraba con fingida frialdad a Lotario, para que Anselmo supiera que lo que sentía hacia él era lo opuesto a lo que en realidad era; y para sostener mejor la postura, Lotario suplicó que lo disculparan de ir a la casa, ya que el disgusto con que Camila miraba su presencia era evidente.