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สารบัญ

XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas

—Parecerás bien —dijo Don Quijote—, mas has de afeitarte la barba a menudo, que la tienes tan espesa, áspera y descuidada, que si no te la rapas cada dos días a lo menos, bien se echará de ver lo que eres a tiro de arcabuz.

—¿Qué más será —dijo Sancho—, sino tener un barbero, y traerle a sueldo en casa? y aun si fuere menester, le haré ir tras mí a caballo como lacayo de hidalgo.

—¿Pues cómo sabes tú que los caballeros hidalgos llevan tras sí palafreneros? —preguntó don Quijote.

—Se lo diré yo —respondió Sancho—. Años ha que estuve un mes en la Corte, y allí vi pasearse a un caballero muy pequeño, de quien decían que era muy gran hombre, y a un hombre a caballo que le iba a la zaga en todas las vueltas que daba, ni más ni menos que si fuera su rabo. Pregunté que por qué aquel hombre no se juntaba con el otro, en lugar de irle siempre a las espaldas; respondiéronme que era su escudero, y que era costumbre de hidalgos tener semejantes personas tras sí, y desde entonces lo sé, que nunca se me ha olvidado.

—Tienes razón —dijo don Quijote—, y de la misma manera podrás llevar a tu barbero contigo, pues los usos no vinieron todos juntos ni se inventaron a la vez, y tú puedes ser el primer conde que tenga barbero que le siga; y, en verdad, es de más confianza el afeitar la barba que el ensillar el caballo.

—Del negocio de la barba guíese mi amo —dijo Sancho—, y del vuestro en ser rey y hacerme a mí conde.

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