a nuestra aldea, y desde allí, por hacerme merced y servicio, irás al Toboso, a donde dirás a mi incomparable señora Dulcinea que su cautivo caballero ha muerto por acometer cosas que le hagan digno de poder llamarse suyo.
Cuando Sancho oyó las palabras de su amo, comenzó a llorar de la manera más patética, diciendo:
—Señor, yo no sé a qué fin quiere vuestra merced acometer esta tan temeraria aventura; ya es de noche, nadie nos ve por aquí, bien podemos desviarnos y ponernos en salvo, aunque no bebamos en tres días por venir; y como no hay quien nos vea, mucho menos habrá quien nos note de cobardes; allende de que yo he oído muchas veces predicar al cura de nuestro pueblo, que vuestra merced bien conoce, que el que busca el peligro perece en él; así que no es bien tentar a Dios acometiendo tan desaforado hecho, de donde no se puede escapar sino por milagro, y hartos milagros ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle de serme manteado como yo lo fui, y en sacarle victorioso y sano y salvo de entre los tantos enemigos que acompañaban al