joyas, pieza por pieza, y echaba de ver que tenía tres colecciones de vestidos, de diferentes colores, con sus zaragüelles y calzas; pero él daba tantas vueltas y combinaciones, que si no se los hubieran contado, cualquiera hubiera jurado que había sacado a ostentación más de diez vestidos y veinte penachos. No tengáis a despropósito ni a alargamiento esto que os voy contando de los vestidos, porque importan mucho para el cuento. Solíase sentar en un banco debajo del gran álamo de nuestro prado, y allí nos tenía a todos con la boca abierta pendiendo de las mentiras que nos contaba de sus hazañas. No había tierra en el cabo del mundo que no hubiese visto, ni batalla en la que no se hubiese hallado; había muerto más moros que los que hay en Marruecos y Túnez, y hecho más desafíos, según él decía, que Garcilaso, Diego García de Paredes y otros mil que nombraba, y de todos había salido victorioso sin haber perdido una gota de sangre. Por otra parte mostraba señales de heridas, que, aunque no se distinguían bien, decía que eran balazos recibidos en diversos encuentros y refriegas. Finalmente, con desvergonzada arrogancia, tuteaba a sus iguales y aun a los que conocían quién era, y afirmaba que su brazo era su padre y sus obras su linaje, y que, debajo de ser soldado, al mismo rey no debía nada. Y a estos bravucones se añadía que era un tanto músico, y que punteaba la guitarra de modo que decían que la hacía hablar; ni con esto se acababan sus gracias, que también era algo poeta, y de cada niñería que pasaba en el pueblo componía un romance de una legua de largo.
Este soldado, pues, que he pintado, este Vicente de la Roca, este bravo, este gallardo, este músico y poeta, era de Leandra muchas veces visto y mirado desde una ventana de su casa que miraba a la plaza. El relumbrón de sus vistosos hábitos le cautivó los ojos, las coplas le encantaron (porque daba veint copias de cada romance que hacía), las