Tomando otro libro, el barbero dijo: «Este es El espejo de caballería.»
—Bien conozco a su merced —dijo el cura—; ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce pares de Francia, con el verídico historiador Turpin; pero a estos no les condeno a otra cosa que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen alguna parte en la invención del famoso Mateo Boyardo, de donde también sacó el hilo el cristiano poeta Ludovico Ariosto, al cual, si aquí le hallo, y que hable en otro idioma que el suyo, no le guardaré respeto alguno; pero si habla su lengua, le pondré sobre mi cabeza.
—Bueno, lo tengo en italiano —dijo el barbero—, pero no lo entiendo.
—Tampoco sería bien que lo entendiese —dijo el cura—, y en esto le pudiéramos haber perdonado al capitán si no le trujera a España y le pusiera en castellano, que le quitó mucha de su natural gracia; y lo mismo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren traducir en otra lengua, que, por mucho cuidado que pongan y agudeza que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento. En resolución, digo que este libro y cuantos se hallaren de cosas de Francia se guarden y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que de ellos se ha de hacer, exceptuando a un Bernardo del Carpio que anda por ahí, y a otro llamado Roncesvalles; que estos, en llegando a mis manos, han de estar en las de la ama, y de las suyas en las del fuego, sin remisión alguna.
A todo esto dio su asentimiento el barbero, y lo tuvo por bueno y por justo, persuadido a que el cura era tan católico y amigo de la verdad que no diría cosa contra ella por todo el mundo. Abriendo otro libro, vio que era Palmerín de Oliva, y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín de Inglaterra, lo cual visto por el licenciado, dijo: —Pues el Oliva se haga luego leña y se queme, que aun no queden della las cenizas; y ese *Palmerín de