esta vida. ¿Quién dijera que, tras aquellas grandes cuchadas que vuestra merced dio a aquel desventurado andante, había de venir, a posta y en seguimiento de ellas, tan gran nublado de palos como nos ha llovido sobre las espaldas?
—Y no obstante, las tuyas, Sancho —replicó don Quijote—, debían de estar acostumbradas a semejantes turbulencias; pero las mías, criadas en holanda y en sábanas de finísimo lino, claro está que han de sentir más vivamente la pena de este percance; y si no me imaginara —¿qué digo imaginara?—, si no supiese de cierto que todas estas borrascas son apéndices muy necesarios de los febles de las armas, aquí me dejaría morir de pura pesadumbre.
A esto respondió el escudero: —Señor, pues estas desgracias son lo que se cosecha de la caballería, dígame si acaecen muy a menudo, o si tienen sus tiempos ciertos y determinados en que acaecen; porque a mi parecer, después de dos cosechas no serviremos para la tercera, si Dios en su infinita misericordia no nos socorre.