Al conde de Lemos:
Estos días pasados, cuando envié a Vuestra Excelencia mis comedias, que habían salido a la luz antes de ser representadas en los tablados, dije, si bien me acuerdo, que don Quijote se ponía las espuelas para ir a besar las manos de Vuestra Excelencia.
Ahora digo que ya «con las espuelas puesta va de camino».
Si llega a puerto, me parece que habré servido algo a Vuestra Excelencia; porque de muchas partes me imbran que le envíe, para quitar el hastío y el asco que ha causado otro don Quijote que, con título de Segunda parte, ha corrido por el mundo en mojiganga.
Y el que mayor deseo ha mostrado de tenerle ha sido el gran emperador de la China, que de un mes a esta parte me escribió una carta en lengua china, con un propio correo, en la cual me pedía, o por mejor decir, me suplicaba que se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se hubiese de leer fuese la historia de don Quijote. Añadió más: que yo me fuese a ser el rector de este colegio.
Pregunté al portador si Su Majestad le había señalado alguna costa para mi viaje. Respondióme que no, ni aun en el pensamiento.
—Entonces, hermano —respondí—, podéis volveros a vuestra China, a la posta o a la prisa que os fuere bien, que yo no estoy para tan largo viaje y, además de estar enfermo, estoy muy sin dineros; que, a rey muerto, rey puesto, y a monarca por monarca, tengo en Nápoles al gran conde de Lemos, el cual, sin tantos titulillos de colegios y rectorías, me sustenta, me ampara y me hace más mercedes de las que yo sabría desear.