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nydus/Don QuixotePublic
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XIII. En el cual se da fin a la historia de la pastora Marcela, con otros sucesos

liberal sin tasa, grave sin soberanía, alegre sin desvergüenza y, finalmente, príncipe de todos los de su ejercicio y segundo de ninguno en los de la miseria. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, supplicó a un mármol, persiguió al viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, de quien salió por premio de su infortunio ser despojado de la vida en la mitad de la carrera de su curso, la cual le cortó una pastora a quien él quería eternizar en la memoria de las gentes, como lo mostraran bien estos papeles que veis, si él no me hubiera mandado que los entregara al fuego, después de haber entregado su cuerpo a la

—Trataríais con más rigor y crueldad que su mismo dueño —dijo Vivaldo—, porque no es justo ni conveniente cumplir la voluntad de quien manda lo que es del todo desrazonable; ni hubiera sido justo que el emperador Augusto hubiera consentido que se cumpliera lo que el divino Mantuano dejó ordenado en su testamento.

De suerte, señor Ambrosio, que, así como dais el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no debéis dar sus escritos al olvido, que, si él los ordenó con saña, no es justo que vos los cumpláis con desatino. Antes, dando vida a esos papeles, haréis que viva eternamente la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo en los siglos venideros a todos los hombres que vieren y oyeren estas cosas, para que huyan y se aparten de caer en semejantes despeñaderos; que ya sabemos los aquí presentes, y todos cuantos han venido a este lugar, la historia de vuestro enamorado y desdichado amigo, y sabemos vuestra amistad y la ocasión de su muerte, y lo que ordenó al cabo de su vida; de cuya triste historia se puede sacar cuán grande fue la crueldad de Marcela y el amor de Crisóstomo, y la lealtad de vuestra amistad, juntamente con el fin que llevan los que ciega y arrebatadamente siguen por la senda que los ojos de la pasión insensata les abren.

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