—Muchas gracias —dijo Sancho—, pero bien puede decirle a vuestra merced que, con tal que yo tenga qué comer, tan bien y tan mejor me lo como en pie y a solas, que no sentado junto a un emperador. Y en verdad que, si se ha de decir la verdad, que me sabe mucho mejor lo que como en mi rincón, sin zarandajas ni contemplaciones, aunque sean pan y cebolla, que los pavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a cada minuto la boca, y no poder estornudar ni toser si me viniere en gana, ni hacer otras cosas que son libertades y privilegios de la soltura y soledad. Así que, señor, estas honras que vuestra merced quiere ponerme por ser servidor y seguidor de la caballería andante, cámbielas por otras que me puedan ser de más aprovechamiento y provecho; que éstas, aunque las tengo por recibidas y agradecidas, las renuncio desde aquí hasta el fin del mundo.
—Con todo eso —dijo don Quijote—, has de sentarte, porque a quien se humilla Dios le ensalza; y asiéndole del brazo, le obligó a que se sentase junto a él.
Los cabreros no entendían aquella jerga de escuderos y caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer en silencio y mirar a sus huéspedes, los cuales, con mucha elegancia y apetito, se tragaban pedazos como el puño.
Acabado el servicio de carne, sobre unos pellejos de oveja extendieron gran cantidad de bellotas avellanadas, y junto con ellas pusieron medio queso más duro que si fuera hecho de argamasa. No estuvo ocioso en todo este tiempo el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo, ora lleno, ora vacío, como arcaduz de noria, que con facilidad vació uno de los dos odres que a la vista se tenían.
Después que Don Quixote hubo satisfecho del todo su apetito, tomó un puñado de bellotas, y, contemplándolas atentamente, soltó la voz en esta forma: