De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea
Todo aquel día se quedaron don Quijote y Sancho en la aldea y en la venta, esperando la noche, el uno para acabar su tarea de los azotes en despoblado, y el otro para verle cumplir, que en ello ponía la mira del cumplimiento de sus deseos.
Entre tanto llegó a la hostería un caminante a caballo, con tres o cuatro criados, el cual dijo al que parecía ser señor: —Aquí, señor don Álvaro Tarfe, podrá vuesa merced pasar la siesta hoy; parece que está limpia y fresca la posada.
Al oír esto, don Quijote dijo a Sancho: —Mira, Sancho; ojeando aquel libro de la segunda parte de mi historia, me parece que topé por acaso con este nombre de don Álvaro Tarfe.
—Muy bien puede ser —dijo Sancho—; más vale que le dejemos desmontar y luego le preguntaremos por ello.
El caballero desmontó, y la ventera le dio una habitación en la planta baja, enfrente de la de don Quijote y adornada con reposteros de jerga pintada del mismo género.
El recién llegado caballero se puso una casaca de verano y, saliendo al portal de la venta, que era ancho y fresco, dirigiéndose a don Quijote, que se paseaba por allí arriba y abajo, le preguntó: —¿Hacia dónde camina vuestra merced, noble señor?
—A una aldea cercana a esta, que es la mía —respondió don Quijote—; y vuestra merced, ¿a dónde camina?
—Voy a Granada, señor —dijo el caballero—, a mi tierra.