por fuerza; porque cuando le toma el azoro, aunque se lo ofrezcan de grado, no lo quiere aceptar, sino que lo toma a puñadas; y cuando está en su juicio, lo pide por amor de Dios, con cortesía y policía, y lo recibe con muchas gracias y no pocas lágrimas. Y a la verdad, señores —prosiguió el cabrero—, ayer nos resolvimos, yo y otros cuatro mozos, los dos criados nuestros y los otros dos amigos míos, de irle a buscar hasta tanto que le hallemos, y, hallándole, llevarle, ora sea por fuerza, ora de grado, a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí curarle, si es que su mal tiene cura, o saber quién es cuando está en su juicio, y si tiene parientes a quien dar noticia de su desgracia. Esto es, señores, lo que puedo decir a lo que me habéis preguntado; y estad ciertos que el dueño de las prendas que hallasteis es aquel que vistes con tanta ligereza pasar y con tanta desnudez.
Pues ya don Quijote había contado cómo había visto al hombre que iba saltando por la falda de la sierra, y agora estaba con la admiración suspensivo con lo que al cabrero había oído, y con más deseo que nunca de saber quién era el tal desventurado loco; y tenía determinado, como ya otra vez lo había pensado, de buscarle por toda la montaña, sin dejar rincón ni cueva que no escudriñase hasta hallarle.
Mas la suerte lo dispuso mejor de lo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante apareció por una quebrada de la sierra que se abría por donde ellos estaban el mancebo que deseaba hallar, el cual venía hablando consigo mesmo en cosas que no se podían entender de cerca, cuanto más de lejos.
Su traje era el mesmo que se ha dicho, a cuya causa, assí como llegó cerca, reparó don Quijote y advirtió que el hermoso sayo que traía destrozado era de ámbar; de lo cual colegió que persona que tales hábitos traía no debía de ser de ínfima calidad.