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สารบัญ

LII. Del reñir que tuvo don Quijote con el cabrero, con la rara aventura de los encubiertos, a quien dio felice fin...

que aquella imagen que traían cubierta de luto era alguna principal señora que los malandrines y gente descortesana que allí venían llevaban por fuerza. Y en esto que le cayó en las mientes, con gran ligereza fue a Rocinante, que paciendo andaba, y, quitándole del arzón el freno y la adarga, en un instante le enbridó, y pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante, y, embrazando su adarga, dijo en alta voz a los que allí estaban: —Ahora, valerosa compaña, veréis cuán importase que haya caballeros en el mundo que profesen la orden de la andante caballería; ahora digo que veréis si merecen ser estimados los caballeros andantes en la redención de aquella dolorosa señora que allí va cautiva, ¡cómo! —Y diciendo esto, apretó las piernas a Rocinante, porque espuelas no las tenía, y a todo correr de Rocinante (que en toda esta verídica historia no se lee que corrió jamás de verdad), salió a trote tendido a encontrarse con los disciplinantes, puesto que el cura, el canónigo y el barbero le detuvieron; mas no les fue posible, ni menos le aprovecharon las voces que Sancho le daba, diciendo: —¿Adónde va, señor don Quixote? ¿Qué demonios lleva en el pecho que le incitan a ir contra nuestra fe católica? ¡Cuerpo de mí! ¡Mire que es procesión de disciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre lasandas es la imagen bendísima de la Virgen sin manculla! ¡Mire lo que hace, señor, que bien se puede decir que esta vez no sabe lo que se hace! Iba Sancho rabioso de fatiga, y su amo iba tan atento a alcanzar a los de las albas vestiduras y a desamparar a la señora de negro, que no oyó palabra, y, aunque la oyera, no volviera aunque se lo mandara el rey. Llegó a la procesión y paró a Rocinante, que ya traía grandes deseos de sosiego un poco, y con voz ronca y turbada dijo: —Vosotros, los que quizás por no llevar los rostros buenos os ocultáis, atended y escuchad lo que deciros quiero.

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