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nydus/Don QuixotePublic
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XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él se imaginaba que era castillo

Absorto, pues, en estos devaneos, llegó el tiempo y la hora —por cierto desdichada para él— de la venida de la asturiana, la cual, en camisa, descalza y los cabellos recogidos en unafusa de estopa, con pasos callados y cautelosos entró en el aposento donde los tres estaban alojados, en busca del arriero; mas apenas hubo llegado a la puerta cuando don Quijote la sintió, y, incorporándose en la cama, a pesar de sus parches y del dolor de las costillas, abrió los brazos para recibir a su hermosa doncella.

La asturiana, que iba toda doblada y en silencio, con las manos por delante tanteando a su amador, dio con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente por la muñeca y, tirando de ella hacia sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama.

Luego tentó su sayal, y aunque era de saco, le pareció ser de finísima y blanda seda:

  • en las muñecas traía unas cuentas de vidrio, que a él le parecieron perlas orientales finas:
  • los cabellos, que en algo tiraban a crines de caballo, juzgó que eran hebras de torcida hebra de oro de Arabia, cuyo resplandor al mismo sol deslucía:
  • el aliento, que por cierto olía a ensalada trasnochada y vinagrosa, le pareció que olía a su avellanedo y aromático olor de boca;

y, finalmente, él la pintó en su imaginación con las mesmas trazas y con el mesmo modo que lo había leído en sus libros de las otras princesas que, vencidas de amor, venían a ver al mal ferido caballero, con todos los adornos que aquí van puestos; y fue tal la ceguedad del pobre hidalgo, que ni el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía la buena moza, que pudieran hacer dar cantar a cualquier arriero, bastaron a desengañarle, antes le parecía que tenía a la diosa de la hermosura en sus brazos, y, asándola recio, con voz tierna y baja comenzó a decirle:

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