—¿De qué hablas, Sancho, de señorías, islas y vasallos? —replicó Teresa Panza; que tal se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, que en La Mancha es uso y costumbre tomar las mujeres el apellido de sus maridos.
—No tengas tanta prisa por saber todo esto, Teresa —dijo Sancho—; bástate que te digo la verdad, y cierra esa boca. Bien te puedo decir por encargo que no hay cosa en el mundo más gustosa que ser un hombre honrado, escudero de caballero andante, y buscador de aventuras. A la verdad que la mayor parte de las que se hallan no salen tan a gusto como uno desearía, porque de cada cien, las noventa y nueve suelen suceder torcidas y revueltas. Yo lo sé por experiencia, que de algunas salí manteado, y de otras apaleado. Con todo eso, con ser todo así, es gran cosa esperar a lo que ha de suceder, atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojándose en ventas, a