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nydus/Don QuixotePublic
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Capítulo VIII. Del buen suceso que tuvo el valeroso don Quijote en la espantosa y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación

—Señor —respondió Sancho—, mande vuestra merced al diablo todos esos juramentos, porque son muy perniciosos para la salud y prejudiciales para la conciencia; dígame ahora: si de aquí a pocos días no topamos hombre que lleve yelmo, ¿qué hemos de hacer? ¿Se ha de guardar el voto a pesar de todos los incomodidades y molestias que será el dormir vestido y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que contenía el voto de aquel mentecato del marqués de Mantua, que vuestra merced ahora quiere revivir? Mire vuestra merced que por todos estos caminos no se ven hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no solamente no traen yelmo, pero quizás nunca en su vida le han oído nombrar.

—En eso te engañas —dijo Don Quijote—, que no habremos estado dos horas por estas encrucijadas cuando veamos más hombres armados que los que fueron a Albraca a ganar a la hermosa Angélica.

—Basta —dijo Sancho—; así sea por ahora, y quiera Dios que tenga buen suceso, y que llegue ya el tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, y muera yo luego.

—Ya te he dicho, Sancho —dijo don Quijote—, que no te des pena por eso; que si faltare ínsula, ahí está el reino de Dinamarca, o el de Sobradisa, que te vendrán como anillo al dedo, y mayormente que, tratándose en tierra firme, te holgarás más.

Mas dejemos eso a su tiempo; mira si traes algo que comer en esas alforjas, porque hemos de ir luego a buscar algún castillo donde alojarnos esta noche y aderezar el bálsamo que te tengo dicho; porque, te juro a Dios, que me va doliendo esta oreja grandemente.

—Aquí tengo una cebolla y un poco de queso y unos mendrugos de pan —dijo Sancho—, pero no son viandas para caballero tan valiente como vuestra merced.

—¡Cuán poco sabes tú de eso! —respondió don Quijote—;

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